Maratón de París 2012: ¡autosuperación!

Ayer pasó de nuevo: completé los 42,195 km por tercera vez en mi vida. Pero esta vez fue diferente (de hecho, la segunda también lo había sido): esta vez sentí sensaciones distintas, no sólo por la carrera en sí sino también por el contexto en el que me encontraba.

El 15 de septiembre, 7 meses antes de la carrera, fue el inicio de las inscripciones, y ahí estuve yo para inscribirme en la web a escasas horas del comienzo (y bien que hice, ya que el cupo más “barato” se agotó ese mismo día). En aquel entonces, todavía no había corrido mi segunda Maratón y mi estimación fue de 3 horas, 30 minutos. Claro que muchas cosas pasaron desde entonces.

Tras unos meses, finalmente, me vine a París. Los primeros meses de este año fueron complicados en lo que respecta al entrenamiento, especialmente por la alimentación (siempre mi punto más débil), que fue desastrosa entre Enero y Febrero (¡malditos quesos!). Al punto que, el 28/2, ya sin Euge y todavía en el hotel, la querida Wii Fit me marcó lamentables 82,5 kg (récord histórico desde mis 17 años), cuando a mis dos maratones las hice con alrededor de 75 kg. Faltaba un mes y medio y parecía que no había nada que hacer, aunque la Media Maratón de París (4/3, tras una semana de dieta extrema) me dio esperanzas de recuperar un poco el desastre que había realizado (finalmente hice un aceptable tiempo de 1 hora 42 minutos, contra mi récord de 1 hora 39). No obstante, el Eco-Trail de París (mi primer trail, que será digno de otro relato) se venía el 24 de Marzo y estaba bastante complicado con el peso y la forma.

Sin embargo, acá en París estuve reencontrándome con muchas cosas que fui perdiendo con los años: la pasión por la lectura y las revistas, los videojuegos, el interés por las nuevas tecnologías, el ambiente deportivo del club de vóley (ACBB) que no veía desde que jugaba en el Manuel Dorrego de Morón (2002), etc. Y también recuperé ciertos hábitos, entre ellos saber darme cuenta cuándo empezar a “estudiar” y salvar una catástrofe con un gran resultado (como me pasaba en la escuela secundaria).

Todo el mes de Marzo fue muy intenso: 250 km recorridos, con el Eco-Trail de 31 km (650 metros de desnivel positivo) y una visita a la Coulée Verte del sur parisino (32 km con importantes fluctuaciones) incluídos. Parecía mucho y tenía miedo de estar muy sobrecargado, pero sumando a ese entrenamiento una dieta que fue mejorando progresivamente (al punto de ser extremadamente sana, sin el más mínimo exceso en los últimos días), me encontré en buena forma a 15 días de la gran prueba, que finalmente corrí con 76,5 kg y un mayor nivel de musculatura.

Las últimas dos semanas mantuve una dieta impecable y un nivel de ejercicio equilibrado… hasta que ocurrió el horror: el sábado al mediodía quise llenarme de hidratos de carbono yendo al sushi a volontée (como he hecho en mis dos maratones previas), pero lamentablemente mi estómago estaba tan “fino” que la comida me cayó desastrosamente mal. Me costaba caminar más de 100 metros toda esa tarde sin marearme ni morirme del dolor, hasta que mi amigo Juan (que estaba de paso por París) me dijo “te doy unas Buscapinas; te va a hacer mejor… Y si no, tendrás que lanzar”.  Hacía 16 años que dije que no vomitaría más, por ser el sentimiento más feo del mundo. A 12 horas de la largada y con una preocupación enorme, tomé las pastillas. Un minuto después, no tuve alternativa que ir al baño. ¡Y menos mal que lo hice! El alivio fue enorme, y las esperanzas de hacer una buena carrera (menos de 4 horas) volvieron.

La tensión no finalizó: apenas me desperté en la mañana, 90 minutos antes de la largada, me sentí liviano pero con algo de dolor en el estómago; una sensación de vacío que temí no poder llenar. Claro: no comía desde las 3 de la tarde del día anterior, comida que había “desechado” en una buena parte. Me puse el poncho de Jogging International (hacía 5 grados) y fui trotando hacia el metro (800 m) con muchas, muchísimas dudas…

Al salir de la estación Franklin Roosevelt, plagado de maratonistas (y aspirantes), me encontré con la fiesta. Y ahí me tranquilicé, porque no importaba estar “a media máquina” ni encontrarme solo: estaba rodeado de miles de personas de decenas de nacionalidades tratando de perseguir objetivos similares a los míos, y juntos los íbamos a intentar lograr.

Fui al corral de las 3 horas 45 minutos y me puse lo más cerca posible del simpático pacer (que llevaba una peluca), para intentar poder seguirlo y perseguir el tiempo (demasiado optimista) que pensé poder lograr en Buenos Aires 6 meses antes. Y así fue durante pintorescos 9 km, partiendo desde la mítica avenida Champs Élysées hacia el Este, entrando en el bosque de Vincennes donde se terminaría la primera mitad de la carrera. En ese punto, decidí adelantarlo en mi plan de “recuperar calorías” parando en los 5 y 10 km para comer pasas de uva, quienes demostraron ser mi salvación: en cada puesto, sin frenar la marcha, me “robé” un puñado y una botella de agua y las fui masticando durante 200 metros para colocar el combustible que sabía que, de lo contrario, se me iba a terminar a mitad de camino.

Pasando los 10 km, con el pacer atrás, me sentí muy cómodo y con margen para mantener el ritmo durante 3 horas más. A los 15, el loco de la peluca me alcanzó como locomotora (se ve que venía retrasado) y decidí acelerar un poco para seguir teniendo algo de ventaja (que, según pensaba, perdería al ralentizar para tomar agua en cada puesto, cada 5 km). Vale decir que, como quise tomarlo como la verdadera fiesta que era, no mire el reloj en ningún momento (a excepción de los que había a los 10, 21 y 30 km, que no eran exactos porque yo arranqué 16 minutos después de la primera ola, pero me daban una idea de cómo iba).

Una vez terminado el bosque, llega el balance de la primera mitad: bien de corazón, bien de los pies, increíblemente bien de estómago (lo que me dio confianza), rodillas sin problemas, aunque muslos un tanto más pesados de lo que quería (posiblemente por el duro entrenamiento de trail que hice últimamente, incluyendo el trail urbano de 10 km a fondo del domingo anterior). Venía bien, pero todavía no quería pensar nada: como dice mi suegro, “la carrera empieza en el 30″. Eso sí, venía muy bien de “cabeza”, que es, tal vez, lo más importante.

Encontrarme con la Bastilla fue una gran motivación, por todo lo que representa. Luego, al pasar un par de km bajo los túneles bordeando al Sena me di cuenta de que venía bastante mejor de lo que pensaba: todos los carteles de kilómetros (y millas) pasaban de la misma manera; ninguno se sufría más que otro, lo que me daba una idea de que estaba siendo regular.

Cerca del km 25 vi la Torre Eiffel por primera vez (en el día): siempre tan linda, tan histórica, tan referente. ¡Tan motivante! Yo sabía que la iba a ver de nuevo luego de pasar bajo un par de puentes, ni más ni menos que en el km 30, así que iba a ser determinante. La degradación de las piernas llegando al km 28 era muy baja respecto a lo analizado en el 21, lo cual me hizo pensar por primera vez: “Gentile, ¡en serio lo estás logrando!”.

Y finalmente llegué al gran arco y acumulación de gente celebrando los 30 km de la carrera, con la Torre enorme a la izquierda, pasando el río. Ahí vi una de las paradas del 72, el colectivo que pasa por la esquina del departamento, y me sentí “local” por primera vez en la carrera. Que llegaba era seguro… en menos de 4 horas, también… Sin caminar en ningún tramo, era lo que estaba por verse. Era posible, y eso fue lo que me hizo cruzar el arco con una emoción muy grande, 300 metros de llanto que tuve que contener para no gastar energías en eso. Esa fue la Maratón para mí: pasar los 30 km por primera vez sin rogar que llegue el puesto de hidratación para caminar un poco.

Dentro de mi euforia, me decía a mí mismo (y alguien habrá escuchado, aunque no sé si entendido): “Ahora lo quiero ver al 32… ¡Qué venga! ¡Y después ese hijo de puta del 35, lo voy a pasar!”. En el momento me lo tomaba en serio, aunque sabía que sería gracioso al recordarlo más tarde.

Cierto es que la última parte de la carrera, si bien técnicamente más complicada (porque había un poco más de subidas), para mí sería anímicamente más sencilla porque, hacia los 33 km, entrábamos en Boulogne y en ese bosque inmenso en el que ya pude entrenar unas cuantas veces. Pese a llevar 30 días viviendo ahí, era emocionante ver a la gente del barrio y a ese carrefour que forma la puerta de Boulogne por la que tantas veces pasé para entrar al bosque.

Al 35 casi no lo vi: prácticamente “lo ninguneé” al ir a buscar una botella de agua. Curiosamente, mis mejores 5 km después de los 10 km de carrera fueron entre los 30 y 35, que en mis dos maratones anteriores, fue por lejos la peor parte. La sensación de superación era lo que más me llevaba a seguir corriendo a esa velocidad, aunque sin arriesgar. Y todavía no tenía ganas de caminar.

Última recta larga y complicada, en la avenida de la Reina Margarita, pleno bosque de Boulogne donde tantos “transeuntes” merodean todas las tardes en búsqueda de compañera casual (paga y, generalmente, inmigrante ilegal). Yo, todavía con fuerzas y promediando los 5m17s por km que sentenciaban unas 3 horas 45 perfectas. Es que no tenía ninguna excusa: luego de otros puñados de pasas a los 20 y 30 km, el estómago estaba perfecto y no tenía ningún dolor en los pies ni piernas más que el cansancio lógico de los muslos; todavía respiraba por la nariz, como si recién hubiera empezado.

Recién a los 40 km, cuando giramos enfilando hacia la salida del bosque, sentí mi primer dolor en una articulación del pie izquierdo, lo cual me obligó a mantener un ritmo un par de segundos más lento de lo que venía yendo. No era ningún problema, ya que de todos modos debía bajar la velocidad para “esquivar muertos” a los que la tentación de caminar los había vencido (de la misma forma que a mí en Santiago y en Buenos Aires). Pero no era mi caso, porque faltaban menos de 10 minutos para lograr un objetivo increíble un mes antes, y no lo iba a arruinar.

En la salida del bosque había otro gran arco: el que indicaba, con signos de exclamación, los 41 km. ¡Faltaba el último borne! Ya se escuchaba la fanfarria típica de la fiesta en la llegada (que, en verdad, estuvo durante todo el camino, muy bien animado), y tras una gran rotonda empedrada repleta de gente alentando se escondían los 42 km y la recta final, ese momento glorioso de 195 metros que, tal vez sean un solo minuto, pero con el Arco del Triunfo a la vista se convierte en una imagen imposible de olvidar.

Duró un poco menos de un minuto en mi caso, porque a 30 metros vi, con una camiseta de la selección,  al último de los argentinos que crucé y saludé en el camino, y quería terminarla junto con él como si fuera un amigo de toda la vida. Y así fue: lancé un pique con mis últimas fuerzas y terminamos los dos juntos, aunque evidentemente él no estaba en el mejor estado y llegó complicado, aunque contento (según me dijo al cruzar la meta). Ya veremos qué tal salimos, en cuanto esté disponible el video de la llegada.

Así fue mi experiencia, de transcurso complicado pero con final feliz, en la que posiblemente sea la mejor Maratón del mundo, en la mejor ciudad del mundo. ¡Y yo estuve ahí! Recibiéndome de maratonista intercontinental, y por primera vez sintiéndome haber dominado la distancia durante toda la carrera, al haber pasado la primera mitad en 1 hora 50 minutos y la segunda en 1 hora 53. En total, 3 horas y 43 minutos de gran satisfacción por lograr el objetivo no sólo en tiempo sino en forma (que es lo más importante).

Y, sobre todo, por haber sentido una vez más esa gran sensación que sólo este tipo de desafíos sabe lograr, que es hacerme sentir y pensar aquella gran frase de Héctor Alterio en Caballos Salvajes: ¡La puta, que vale la pena estar vivo!

Y aquí tenemos otro viejo artículo de Hardware de antaño, escrito en el año 2004 para la revista Power Users #6. ¡Qué buenos recuerdos que salen de estas líneas!

Las impresoras de matriz de punto representaron un gran furor en la década de 1980, y volvieron a nacer hace poco, gracias a su bajo costo de impresión, bien recibido en Latinoamérica.

En realidad, nunca murieron. Me niego a aceptar que el mundo trate a estas impresoras como viejas, después que mi Epson LX 810 (que nació casi en conjunto conmigo) me haya acompañado durante todos estos años. Desde mis primeros dibujos con LOGO hasta mis últimos trabajos prácticos de la universidad, pasando por toda la escuela primaria y secundaria y diversos trabajos que han hecho mis padres.

Una clásica, fiel y querida Epson LX-810

Horas y horas de impresión (muchas más de las especificadas en su manual como de “vida útil”), y la querida Epson nunca se cansó. Acepto que muchas veces creímos que ella había fallado, pero siempre el problema estuvo en la configuración de la PC o en el cable del puerto paralelo. Desde un NEC 8088 a 12 MHz hasta un AMD Athlon XP 2500+, la LX 810 pasó por montones de computadoras distintas, y siempre se mantuvo en pie y fiel a sus dueños, ofreciendo la misma calidad y velocidad de impresión a lo largo del tiempo. Es antigua, sí… pero nunca envejece. Hoy en día sigue imprimiendo, aunque solamente se dedica a tareas básicas, como algunos e-mails o pequeñas planillas de cálculo, para que no pierda la costumbre ni tampoco se esfuerce demasiado…

Bueno, dejemos de lado (un poco) los sentimentalismos y comencemos la parte objetiva de esta última página, que se trata de las excitantes impresoras matriciales (o matriz de punto), un verdadero boom en los años ’80 y que se siguen utilizando en la actualidad.

¿Excitantes?

Sí. Realmente, estas impresoras son muy excitantes (por no decir irritantes). Especialmente las primeras. ¡No se dan una idea de cómo vibran nuestros oídos cuando escuchamos una en acción! Sin dudas, uno de los grandes problemas que tenían las impresoras de este tipo es el insoportable ruido que hacen mientras imprimen, pese a que han tratado de solucionarlo de mil formas distintas. Por lo tanto, estas impresoras no son aptas para imprimir cosas prohibidas mientras nuestros padres duermen. Después no digan que no les advertí.

El funcionamiento de estas impresoras es similar al de una máquina de escribir: hay una cinta de tinta que recorre todo el papel horizontalmente, y un rodillo que lo va deslizando a medida que se va cambiando de línea. Un cabezal de generalmente 9 pines se encarga de presionar la cinta sobre el papel e imprimir en él lo que corresponde. Cada vez que se realiza esta presión se produce un pequeño ruido, el cual se multiplica por todas las veces que se imprime en cada sector de la hoja de izquierda a derecha, produciendo un “chirrido” digno de un bebé con malos padres o un cachorro muy descuidado (así que se recomienda que quienes no soporten a los niños y perros chillones permanezcan alejados de estas impresoras).

Más allá de eso, este método de impresión es bastante lento, y se hace excesivamente insoportable cuando se trata de imprimir gráficos. Por ejemplo, puede tomar cinco minutos imprimir un gráfico de Microsoft Excel de media página, en baja calidad (y ya de por sí es muy baja la calidad de gráficos de las impresoras matriciales). No obstante, para imprimir textos están más que bien, aunque no dejan de ser lentas. Varias veces tuve que correr hacia la universidad porque la LX 810 tardó 45 minutos para imprimir un trabajo práctico de 15 páginas (sin embargo, nunca la insulté, pues respeto a mis mayores).

La actualidad

Podrán decir que usan una tecnología anticuada, que son aparatosas, lentas y ruidosas, pero aún así se siguen utilizando actualmente, y lo más curioso de todo es que cuestan más que las impresoras de inyección de tinta (e incluso muchas láser). La razón de esto es la economía que tienen en cuanto a sus insumos: una cinta puede costar 2 o 3 dólares, y durar mucho más de un año (obviamente, cada vez con menos intensidad de tinta). Además, la calidad que tienen las impresoras matriciales para la impresión de textos es comparable a la de una de inyección de tinta, por lo cual son muy convenientes para documentos y planillas de cálculo. También por ello, y por su capacidad de tomar formularios continuos, es que son las impresoras favoritas de aquellos que realizan facturaciones, y de eso nos podemos dar cuenta siempre que vamos a comprar algo (incluso en el supermercado).

La crisis, la economía y el mundo capitalista en el que vivimos le han jurado una larga vida a las impresoras matriciales, ¡y así es como debe ser!

Winchester: el disco duro original

Seguimos con los viejos artículos de “Hardware de antaño” que escribí hace unos cuantos años. Éste fue publicado en la revista Power Users #15.

¿Un rifle? ¿Un microprocesador nuevo? ¿Una ciudad de Inglaterra? ¿Una mezcla entre el sistema operativo de Microsoft y el famoso Chester Cheetah? ¡No! Winchester fue el disco duro en el cual se basan todos los actuales. Aquí veremos su historia.

Dos viejos discos fotografiados para una publicidad. Fuente: www.atarimagazines.com

Abraham Simpson dijo: “En mis tiempos, los autos marcaban centímetros la hora y así es como me gusta a mí”, y muchas revistas especializadas de la década de 1990 usaron una filosofía parecida, respecto a los discos duros. Siempre tuve una computadora anticuada para la época (y tal vez por eso es que le tenga tanto cariño al hardware viejo), y realmente sufría mucho cuando leía una review en una revista de juegos, ya que al final siempre estaba la parte más dolorosa: los requerimientos mínimos. La mayoría de los juegos excedían mi PC por algunos campos, en especial por uno que nunca entendí: “20 MB libres en el Winchester”.

¿Winchester? ¿Qué diablos era el Winchester? Si bien tenía unos 8 o 9 años de edad, más o menos pude interpretar que Winchester era alguna especie de medio de almacenamiento. Aunque estuve investigando mucho en esos tiempos y también llegué a varias hipótesis: la primera era que pusieron “Winchester” en lugar de “Windows”, y los juegos requerían espacio en el disco de Windows (?!); la segunda, era que los juegos usaban memoria virtual, y el Winchester era el archivo de intercambio.

Al final, entre tantas dudas, no llegué a jugar esos títulos que decían Winchester, hasta que realmente descubrí lo que era: una simple denominación para los discos duros.

Historia

Antes de hablar de nuestro amigo Winchester, voy a hacer una breve reseña histórica sobre los orígenes de los discos duros. En la década de 1950, especialmente la gente de IBM estaba investigando sobre la realización de discos magnéticos para el almacenamiento de información. Así fue que los primeros inventos fueron dispositivos con tambores giratorios que tenían campos magnéticos, mediante los cuales se guardaban los datos. Tanto la lectura como la escritura se hacían con los cabezales en contacto con la superficie, es decir que estos dispositivos funcionaban al estilo de un tocadiscos antiguo, con una lectura secuencial.

Años más tarde, la misma IBM presentó un novedoso sistema, en el cual el cabezal estaba suspendido a una cierta distancia del disco, de manera que se podía acceder a cualquier parte del disco sin necesidad de pasar por el resto. Este dispositivo, presentado en 1956, se llamaba IBM 305 RAMAC (Random Access Method of Accounting and Control), almacenaba 5 millones de caracteres y tenía un total de 50 discos de 24 pulgadas cada uno. Por cierto, cada caracter de la época tenía 7 bits, o sea que este dispositivo tendría una capacidad equivalente a 4,27 MB. Además, su velocidad de acceso era de ni más ni menos que 8800 bytes por segundo (8,6 KB/s).

El Winchester

En 1973, la misma IBM desarrolló un disco denominado 3340 (en esa época, los nombres no eran tan atractivos como los de ahora), cuyo sobrenombre era “Winchester”. Este era un disco compuesto por dos ejes, uno fijo y otro removible (se puede observar en la foto), y contenía una capacidad bastante considerable: 30 MB. Lo interesante de este disco era que había mejorado sustancialmente la técnica de la suspensión del cabezal por encima de la superficie del disco, llegando a una distancia de 17 micropulgadas (lo cual hacía más rápido el reconocimiento de los campos magnéticos y además permitía el acceso aleatorio).

Muchas de las técnicas y la tecnología de funcionamiento del Winchester se siguen usando aún en los discos duros actuales (claro que con muchos avances en miniaturización y velocidad), y por esa razón es que durante mucho tiempo se siguió llamando “unidades Winchester” a las unidades de disco duro. Claro que era un término bastante anticuado, aún para la década de 1990, y comparable con la escala de velocidad del abuelo Simpson.

Para finalizar, un dato interesante es que en la primera PC, IBM utilizó un disco duro diseñado por Seagate, el ST-412 (de 10 MB de capacidad y un tamaño de 5,25”). Si bien tenía una capacidad inferior a la del Winchester, también era mucho más pequeño y económico (costaba alrededor de U$S 600 en su lanzamiento).

El misterioso botón Turbo

Después de años sin actividad, me decido a retomar este blog con contenido muy, muy viejo. En esta oportunidad publico un artículo de “Hardware de antaño” publicado en la revista Power Users #14. Espero que lo disfruten como yo al escribirlo hace unos años (y al recordarlo, hace unos días).

Botonera de un viejo gabinete. Fuente: Wikipedia

El botón Turbo es uno de los inventos más extraños del mundo computacional, que ha dado que hablar a más de uno. Me arriesgo a decir que fue el primer aspecto de la PC que obligó a los vendedores de hardware de la época a desarrollar los más desopilantes inventos para salir del paso cuando un comprador le preguntaba. También ha sido un puntapié inicial para los engaños comerciales, algunos hechos involuntariamente, aunque otros no.

Anuncios publicitarios

Todavía recuerdo con cariño (!) aquellos centenares de avisos publicitarios, muchos de ellos publicados en la clásica PC Users de principios de la década de 1990, que hablaban maravillas del Turbo.

Algunos decían “AMD 386DX 40/60 TURBO”, y otros directamente obviaban el 40, y promocionaban al 386 como de 60 MHz (algo, sin lugar a dudas, asombroso para la época). En verdad, muchos de los negocios de computación lo promocionaban así debido a que, cuando presionaban el botón Turbo, el “indicador de MHz” de la parte frontal variaba de 40 a 60 MHz.

Pongo entre comillas “indicador de MHz” porque, en realidad, ese pequeño display nada tenía que ver con la velocidad del equipo. Su contenido se configuraba mediante dos líneas de jumpers ubicados en la placa del display (bastante difícil de acceder en el gabinete), cada una de las cuales indicaba lo que el display mostraría en dos estados posibles. Estos estados, obviamente, serían “Turbo” y “No Turbo”, y según el atrevimiento de los ensambladores, se representaban de distintas formas. Los más discretos ponían “Hi” (de High, alto en inglés) y “Lo” (Low, bajo), aunque otros modificaban la cantidad de MHz (60 y 40 en nuestro ejemplo) y, los más imprudentes, saltos generacionales (486 y 386).

Razón de ser del Turbo

Ahora nos vamos a poner serios y comentar brevemente de qué se trataba el Turbo. Antiguamente, en la época de los 8086 y 8088, la forma de programar era bastante diferente que la de ahora. El acceso al hardware era mucho más directo, y, prácticamente, un programador debía ser un experto en hardware.

Uno de los problemas más comunes, y que no muchos programadores tuvieron en cuenta (o bien, no supieron cómo hacerlo con las herramientas que tenían en esa época) era la posibilidad de ejecutar sus programas, diseñados para un procesador de 4 a 8 MHz en un equipo más rápido, corriendo a 16 MHz o más. En aplicaciones con cálculos avanzados, los programadores suponían el tiempo que tardaría el procesador en hacerlos, y, mientras tanto, realizaban otras operaciones. Pero, si el procesador utilizado es mucho más rápido de lo previsto, es probable que requiera de algún dato que aún no está disponible. Si esto ocurre, se generará un error que hará inútil al programa.

Otro caso típico es de los juegos: al no tener un limitador de cuadros por segundo, en procesadores rápidos la velocidad se iba a las nubes, y era casi imposible jugar.

Así que, para estos casos, había que diseñar un método que, de alguna manera, redujera la performance del equipo, a fin de que estas aplicaciones se pudiesen ejecutar. Y esa era la función del Turbo: reducir la velocidad del equipo. Si el botón estaba “encendido”, o bien se encontraba desconectado del motherboard, se trabajaba a la velocidad normal (por ejemplo, en nuestro caso del 386, 40 MHz). De lo contrario, si se pone en el estado “no Turbo”, se reduce la velocidad “en caliente”, es decir, instantáneamente. El método más común de bajar la velocidad, en 286 y 386 es simplemente dividir por dos la frecuencia del procesador (en este caso, 20 MHz). En el caso de los 486, lo que se solía hacer era agregar tiempos de espera, o deshabilitar la caché, para bajar el rendimiento.

El final del Turbo fue justamente en esta generación, siendo totalmente inútil en los Pentium y superiores (ya se dejó de “soportar” al software anticuado). Así que, si ven algún Pentium con botón Turbo, sepan que no es más que para adornar estéticamente.

Opinan los usuarios

El diálogo que sigue ha sido extraído de un foro de discusión en español, donde participan personas de diferentes países de habla hispana. La cadena data de mediados de octubre del año 2004, y obviamente los nombres son ficticios:

A: ¿Para qué diantres servía el botón Turbo de mi Pentium MMX?

B: Pues, supuestamente, overclockeaba. No sé, no estoy seguro.

C: ¿En serio overclockeaba ese botón? ¡Yo lo tenía siempre encendido!

B: Sí, confirmo que el botón Turbo overclockeaba un poco el micro. Creo que lo hacía subiendo el bus: en vez de ir a 100, iba a 133 MHz.

D: ¿Un Pentium MMX con Turbo? Qué raro… El mío no tenía. Y, que yo sepa, tenían bus de 66 MHz.

B: Pues, estaba en la época de 486 y anteriores, y algunos Pentium. Como he explicado anteriormente, subía la frecuencia de bus “en caliente” para que no afectara la frecuencia de los PCI. Me parece que subía al bus en 5 o 10 MHz.

Sin lugar a dudas, el usuario B habría sido un excelente vendedor en aquella época. Más tarde, aparecieron otros usuarios que fueron capaces de explicar correctamente cual era el significado del Turbo, y no se volvió a saber de B.

Los argentinos y los requerimientos de hardware

Después de tanto tiempo, me decidí a poner algo nuevamente en este pequeño blog. En esta ocasión se trata de algo que escribí para una revista de videojuegos que recomiendo a todo el mundo que compre (y que se suscriba): Irrompibles (www.irrompibles.com.ar). Se trata del dilema que tenemos acerca de que los juegos requieren configuraciones de hardware bastante potentes, y trata de desmitificar el tema de que “los juegos están mal programados y las computadoras son cada vez más caras”. Espero que les guste.

En los últimos tiempos, la industria de los videojuegos nos ha deslumbrado con maravillas tecnológicas como Crysis y Bioshock, no sólo por sus increíbles gráficos y efectos de física sino también por sus requerimientos mínimos, que han hecho romper el chanchito a más de uno al que no le alcanzaba su hardware para correrlos dignamente.

Además de traer aparejado un buen revuelo de billetes, cada uno de estos lanzamientos también ha sido sujeta a críticas (muchas de las cuales podemos ver en el foro o incluso en esta misma revista), dado que los altos requerimientos tecnológicos de los juegos nos pone a pensar que en realidad todo es producto de una muy pobre optimización por parte de los programadores. Incluso, muchos se han pasado “al lado oscuro” (el mundo de las consolas): algunos indignados, y otros simplemente resignados.

En este momento de reflexión lo que interesa discutir se basa en una frase de Barney Gumble en aquella gloriosa película que trataba sobre su alcoholismo: “Es eso, ¿o es que no podemos aceptar que tenemos problemas?”. Es decir, ¿realmente son tan altos los requerimientos de los juegos, o es que sencillamente nosotros –los argentinos– estamos retrasados económicamente y no lo queremos aceptar?

En algún foro local de juegos había un usuario (apoyado por varios otros) que se quejaba porque su Athlon XP 2600+ con una flamante GeForce 6600 GT que compró el año pasado y sus nuevos 2 GB de RAM apenas le alcanzaban para jugar Crysis en una resolución mediocre. ¿No podríamos pensar que es un milagro que pueda correr un título de ese calibre en un procesador de 5 años de edad y una placa de video que se presentaba como de gama media hace más de dos años?

Tratemos de hacer algo de memoria, y remontémonos a hace una década, cuando salieron varias joyas. Por ejemplo, Half-Life (1998): aquel que osara correrlo con un Pentium 133 con 16 MB de RAM y una Trident 9440 (una PC típica de un par de años antes) estaba cavando su propia tumba; ¿Y qué podemos decir de Quake III: Arena (1999)? Apenas se arrastraba en 640 x 480 con una Voodoo Graphics, ¡una placa que costaba U$S 250 y era furor 24 meses antes!

Hoy no sólo estamos pretendiendo jugar a un título moderno con una PC modesta, sino que queremos jugarlo en 1024 x 768 con una máquina que hoy cuesta menos de U$S 500. ¿Y por qué antes comprendíamos que era nuestro problema, y no de los programadores? Porque antes, queridos amigos, con el famoso “1 a 1” teníamos un poder adquisitivo “electrónico” muy superior al actual, y entonces para comprar la placa más jugosa del mercado sólo teníamos que sacrificar algunas salidas y un par de comidas a lugares caros. Tan solo imaginemos qué pasaría si hoy pudiéramos jugar decentemente con una PC de un costo equivalente a lo que a nosotros nos representan $700.

Por eso, no necesariamente el problema tiene que ver con la vagancia de los programadores: el mercado (internacionalmente) también aporta las herramientas necesarias para que el usuario sufra tanto o menos que antes a la hora de actualizar la PC. Es sólo que no estamos en el lado del hemisferio que mueve la aguja.

Powered by AMD K6-III

Gracias a mi nueva tarjeta VISA (que me vino de regalo con la caja de ahorro), el viernes me pude anotar en PayPal e, instantáneamente, en eBay. Como no podía ser de otra manera, estuve un buen rato eligiendo qué pieza sería la primera “víctima” de mis compras. En cuestión de minutos hallé algo interesante: un AMD K6-III de 400 MHz. Hoy ya está en camino, así que pronto lo tendré conmigo (a menos que los del correo o los de la aduana hagan de las suyas…).

Allá por el año 1998, cuando tenía un modesto pero aceptable Pentium 120, mediante una revista española me enteré de que AMD había lanzado una alternativa interesante contra Intel: el K6-2. Muy poquito tiempo después, a principios de 1999, tuve la suerte de conseguir uno de estos procesadores, de 333 MHz, y me hice fanático de él alegando que era tan rápido como un Pentium II de la misma frecuencia.

Sin embargo, pese a las bondades del K6-2 (de las cuales la más evidente era su precio y la posibilidad de utilizarlo con un motherboard antiguo de Socket 7), la verdad es que con el pasar de los años me di cuenta de que el Pentium II era bastante más poderoso, en especial, gracias a su memoria caché de segundo nivel (L2): el Pentium II poseía 512 KB a la mitad de frecuencia (en el caso de uno de 333 MHz, a 166 MHz), mientras que el K6-2 tenía entre 512 KB y 2 MB a 66 o 100 MHz (dependiendo del motherboard), ya que dependía del bus del sistema. Esto era un problema bastante grave, a tal punto que un Celeron A (versión “reducida” de los Pentium II, pero con 128 KB de caché L2 integrada en el núcleo, operando a la misma frecuencia que el procesador) era más rápido. Y este procesador de Intel, con su limitado bus de 66 MHz y todo, tenía un precio bastante parecido al del K6-2.

Pero la respuesta de AMD no tardó en llegar, y en 1999, justo cuando se presentó el flamante Pentium III “Katmai” (muy similar al Pentium II, pero con soporte a SSE), lanzó el K6-III. Este procesador era esencialmente un K6-2 con 256 KB de caché L2 on-die (tal como el Celeron), lo cual le permitía desempeñarse mucho mejor que su predecesor. Todo esto a tal punto que un K6-III de 400 MHz era capaz de alcanzar a un Pentium III de 450 MHz en varias pruebas de rendimiento (cuando lo reciba, seguramente haga algunas pequeñas pruebas).

Sin lugar a dudas, era una verdadera joya que podía potenciar enormemente a los equipos con mothers de Socket 7, con un gasto de dinero bastante acotado. Los K6-III costaban alrededor de un 50% más que los K6-2 de la misma frecuencia (ése era su punto flojo), pero aún así eran un 20% más baratos que los Pentium III. Y rendían prácticamente igual.

Hasta donde sé, el K6-III se presentó en versiones de 400 MHz y 450 MHz (ambas con FSB de 100 MHz, aunque podía configurarse con FSB de 66 o 75 MHz para mothers antiguos), aunque he visto algunos raros modelos de 350 MHz. Lamentablemente, no hubo una gran disponibilidad debido a problemas en la manufactura: la caché L2 demandaba millones de transistores, de los cuales cualquiera que fallara en la fabricación mandaría a la basura al chip.

Por cierto, el K6-III no fue el mejor chip para Socket 7: el K6-2+ y el K6-III+ (concebidos inicialmente para laptops pero también disponibles para desktop) lo rebasaban en algunas características, y el último mencionado también era un poco más rápido. ¿Y de qué se trataban? Eso quedará para el próximo episodio, cuando compre una de estas maravillas (también tuve un K6-2+ en el pasado y lo vendí…).

El electromagnetismo, según David K. Cheng

Ayer ha sido un día glorioso, y todo se lo debo a un pequeño chino que muy posiblemente ya haya muerto. Se trata de David K. Cheng (dudo que se llame David), autor del libro “Fundamentos de electromagnetismo para ingeniería”.

Con un 5 merecido, justo y muy difícil de lograr, aprobé Medios de Enlace. Cuando comencé a cursar esa materia, que tiene una importante base en Física II (mi karma), estaba muy perdido y pasaron varios fines de semana internado en mi casa hasta que pude empezar a entender algo de electricidad y magnetismo en forma vectorial (con el rotor, la divergencia y todas esas cosas locas). Un día de junio de 2005 me topé con una versión fotocopiada del libro de Cheng, y desde entonces mi vida cambió (?): estaba tan bien editado, tan bien escrito, tan moderna y claramente explicado, que me simplificó las cosas de una manera exponencial.

Aún así, tardé un año y medio hasta poder tomarme el tiempo de estudiar para rendir el examen final de Medios de Enlace. Y de seguro hubiera sido mucho más de no ser por tan elegante libro, el cual desde su prefacio me invita a aprender de electromagnetismo sin miedos y con muchas ganas. Seguí fielmente su publicación, desde su primer capítulo hasta el anteúltimo (Análisis Vectorial, Campos eléctricos estacionarios, Corrientes eléctricas dinámicas, Campos magnéticos estacionarios, Campos variables con el tiempo y ecuaciones de Maxwell, Ondas electromagnéticas planas, Líneas de transmisión y Guías de ondas y cavidades resonantes), realizando todos sus ejemplos y tomando en cuenta todas sus preguntas de repaso, y aprendí muchísimo. Recién en estos 18 días de estudio “casi puro” puedo asegurar que sé algo de electromagnetismo, y debo decir que este tema, digno de mi más profundo odio y repulsión, hoy en día me gusta. Y todo gracias a la pasión de David.

Tanto me gustó su libro que, no bien empecé a estudiar para este último examen, me lo compré original (en español) para albergarlo en mi pequeña biblioteca de ingeniería, junto con otras excelentes publicaciones como “Circuitos Eléctricos I y II” de Pueyo-Marco, “Diseño Digital” de Wakerly, “Señales y Sistemas” de Oppenheim y “Redes de computadoras” de Tanenbaum. ¿Cuándo podré añadir a mi colección una obra de Gentile? Pues no lo sé, pero calculo de 50 años, cuando realmente pueda escribir algo con tanta claridad y propiedad como lo han hecho los que mencioné. Pensemos que recién a los 75 años el amigo Cheng pudo escribir su obra maestra, a la que hoy rindo homenaje.

Me transmitió su pasión de una manera tal, que en mis vacaciones voy a leer y analizar profundamente el último capítulo (de Antenas). ¡Electromagnetismo forever!

Los Simpson: una decepción anticipada

Ayer tuve el agrado (?) de ir al cine a ver la tan esperada película de Los Simpson. En realidad, desde que vi el trailer supe que sería una decepción y juré no pagar por ver semejante abominación. Sabía que serían los mismos “Simpson” que se ven hoy en día en la televisión (esos que en verdad son los personajes de Family Guy disfrazados), pero en la pantalla grande. Sin embargo, fui al cine, impulsado por una cuponera del Showcase Haedo que me permite pagar $5,50 por entrada (sobre los $12,50 típicos).

Ciertamente, la inmensa cantidad de buenas críticas hacia la película (por personas que, supuestamente, “saben”) fue lo que me convenció. “Después de todo, si llega a ser una porquería por fin descubriré que los Simpson actuales son así porque a la gente le gustan”, pensé. Y, lamentablemente, no me equivoqué.

No voy a decir que la pasé mal, ni que me arrepiento de haber ido. Por el contrario, en líneas generales me pareció aceptable, y en cierta forma podría decir que fue mejor de lo que esperaba. Sin embargo, quiero aclarar -y que quede muy claro- que, desde el punto de vista de un verdadero fan de los Simpson, la película no es tan buena como dicen, y ni siquiera es buena. Y no lo digo por las voces, que es lo que suele irritar a la mayoría, sino simplemente por la clase de humor que se maneja en ella.

Hay que ver a esta película como un capítulo actual (temporada 17-18) que dura 78 minutos en lugar de los 22,5 habituales. Pese a las falsas esperanzas de algunos, la respuesta es no: el humor no ha cambiado mágicamente al de los ’90. A mi juicio, es algo superior a lo que se veía en las temporadas 12 y 13, pero está a años luz de los momentos dorados de la serie (temporadas 4 a 9).

Sinceramente, me da muchísima bronca que la película haya sido tan galardonada y recomendada. Sin embargo, objetivamente hablando pienso que Fox ha logrado el objetivo con las grandes masas. Muchos dicen que “no se puede parar de reir durante la película”, y la verdad es que a cada rato se escuchaban carcajadas del público en la sala que me tocó (mientras yo emitía una tímida sonrisa), así que supongo que esto es lo que la “masa” (que es la que pone la mayor parte del capital) quiere. Curiosamente, en aquellas partes en las que yo me reía a carcajadas, el resto del público miraba atónito sin entender.

Triste pero real: esta bazofia que tenemos hoy es lo que la gente quiere, y lamentablemente no hay nada que podamos hacer. Los fanáticos de los Simpson tendremos que conformarnos con mirar una y otra vez los mágicos capítulos que tanto nos hicieron reir y entretener durante más de una década.

Y que se pudra Flanders.

La raiz cuadrada, a mano

Pensemos lo siguiente: en la escuela nos enseñan a sumar, a restar, a multiplicar, a dividir y hasta calcular la potencia enésima de un determinado número en forma manual. También sabemos el concepto de la raiz cuadrada: “La raiz cuadrada de un número x es aquel número y tal que y * y = x. Sin embargo, ¿cómo se calcula la raiz cuadrada sin emplear una calculadora?

Hoy, mientras estaba leyendo acerca de algunas técnicas básicas de programación en Assembly x86, por suerte encontré unos ejemplos para calcular la raiz cuadrada aproximada de un número. Uno utilizaba la función FSQRT incluida en el coprocesador matemático (x87), pero otro, más interesante, lo hacía de manera manual.

El procedimiento es bastante sencillo: tomamos el valor del número y le restamos el primer número impar (1). Al resultado, le restamos el segundo número impar (3). A este nuevo resultado, le restamos el tercero (5), y así sucesivamente. Una vez que el resultado es cero (o inferior a cero), terminamos el procedimiento y contamos la cantidad de cálculos que hicimos: ésa cantidad es la raiz cuadrada buscada.

Como ejemplo, elijamos el 25:

  1. 25 – 1 = 24
  2. 24 – 3 = 21
  3. 21 – 5 = 16
  4. 16 – 7 = 9
  5. 9 – 9 = 0

Como hicimos cinco cálculos hasta llegar a un resultado de 0, podemos decir que la raiz cuadrada de 25 es 5. Pero, claro, no siempre las cosas van a ser tan “redondas”. Por ejemplo, tomemos el número 65:

  1. 65 – 1 = 64
  2. 64 – 3 = 61
  3. 61 – 5 = 56
  4. 56 – 7 = 49
  5. 49 – 9 = 40
  6. 40 – 11 = 29
  7. 29 – 13 = 16
  8. 16 – 15 = 1
  9. 1 – 17 = – 17

En este caso, el último cálculo que nos da un resultado mayor o igual que cero es el octavo. Por ende, la raiz cuadrada aproximada de 65 es 8, aunque obviamente es una respuesta que dista de ser exacto. ¿Y cómo se determinan los decimales? Bueno, eso no estaba explicado en el ejemplo porque la idea era usar números enteros manejables por los procesadores x86 :)

Sin embargo, en la amadísima Wikipedia encontré un método recursivo muy interesante para el cálculo, que es un poco más complejo para nuestros cerebros (ya que emplea divisiones) pero con ayuda de una calculadora básica podemos obtener excelentes resultados en poco tiempo:

  1. Elegimos un valor estimativo de la raiz cuadrada (por ejemplo, el 8 que obtuvimos usando el método anterior) y lo llamamos r.
  2. Sacamos el promedio entre r y x/r, donde x es el número del cual queremos obtener la raiz cuadrada. El promedio se calcula como (r + x/r)/2.
  3. Consideramos al resultado del paso 2 como el nuevo r, y repetimos el paso 2 tantas veces como queramos para obtener una mayor precisión de la raiz cuadrada.

Volviendo a nuestro ejemplo anterior, con x = 65, partiendo de r = 8 podemos hacer:

  1. (8 + 65/8)/2 = 8,06
  2. (8,06 + 65/8,06)/2 = 8,06

Obviamente, dado que nos dio el mismo resultado, todos los cálculos subsiguientes nos arrojarán el mismo resultado. Y en efecto, al calcular la raiz cuadrada de 65 mediante una calculadora científica convencional, el resultado es 8,06.

Por lo tanto, con la combinación de estos sencillos (y rápidos) métodos, podemos salir de un aprieto. ¿Quién no se ha quedado sin pilas en la calculadora en medio de un examen? :)

Dr. Tangalanga, pasión de multitudes

Casi por arte de magia, tengo el agrado de iniciar este blog con un comentario muy interesante (?). Es acerca de una persona cuya peculiar voz tengo grabada en mi mente desde hace muchos, muchos años (allá por el año 1991, cuando tenía 7 años de edad, la escuché por primera vez). Se trata del Dr. Tangalanga, a quien tuve el honor de conocer personalmente ayer, cuando lo fui a ver a “La Trastienda”.

Al principio, no estaba tan interesado en conocerlo y sacarme una foto con él, tal vez, porque siempre me llevé grandes decepciones al conocer personalmente a personas famosas (crucé a varias en eventos de prensa en los que participé). Pero, claro, Tangalanga es otra clase de famoso, un “viejo puteador” que, de repente, fue llamado al éxito tal como lo hizo aquel viejo loco de Los Simpson cuando bailaba con los pantalones bajos y cantaba “Mi vieja mula ya no es lo que era”.

Así fue que, por medio de un conocido accedí al “camerino” del Doctor, donde estaba él sentado con dos asistentes. “Julio, éstos son amigos de Miguel, y te quieren conocer y sacarse una foto”, le dijo nuestro conocido a Tangalanga, mientras llegaba y escuchaba su particular voz en vivo y en directo. Ahí fue cuando se produjo una emoción interna en mí: me costaba creer que esa voz era verdadera, propia de una persona que naturalmente habla así. Lo mejor fue la forma cálida de saludarnos y de hablarnos: “¿Hay mucha gente esperando? La gente está loooca, de venir con este frío a ver a Tangalanga”. Dada la calidez de este simpático señor, se me ocurrió hacerle unas consultas, como por ejemplo desde cuándo existe Tangalanga. Me sorprendí mucho cuando me respondió que todo comenzó en el año 1964 cuando tenía un amigo muy enfermo y hacía las grabaciones para alegrarle sus últimos días. Luego, en 1980 el que se enfermó fue él y, en cama, accedió a la sugerencia de sus amigos y por diversión se puso a llamar a diversas personas en los clasificados y grabar las delirantes conversaciones que creaba con ellas. En 1985, cuando se hicieron accesibles las doble-caseteras, las maravillas del Doctor de casi 70 años de edad comenzaron a hacerse públicas mediante el “boca en boca”. Y luego, en 1994, comenzó en la televisión con Jorge Guinzburg y ya se hizo más conocido.

Tras el grato momento que pasé, dejé al Doctor para subir nuevamente al entrepiso y esperar que comience el show. Un espectáculo, sin lugar a dudas, muy particular: un escenario inerte, con un señor sentado en un sillón con una mesa ratona que contiene un teléfono y unos papeles con números y descripciones. Frente al escenario, centenares de personas escuchan al viejo hablando por teléfono y festejan fervorosamente cada insulto que sale de la boca de su héroe. Lo más llamativo es el odio y desprecio que tiene el público a los interlocutores del artista, como si no se tratara de personas como ellos: “Matalo, putealo, hacelo calentar, ¡destruilo!”. Por un momento me detuve a pensar: “¡Qué enfermedad! Pagamos para estar acá sentados escuchando a un viejo hacerle jodas telefónicas a la gente”, pero lo cierto es que, pese a ser un sinsentido, es muy divertido. Y lo mejor es que, pese a lo que pensaba inicialmente, esas dos horas que espectáculo no se hacen para nada cortas, así que hay diversión prácticamente asegurada.

Hay que aclarar que las cosas no son exactamente como se ve en las grabaciones que se consiguen en Internet o en los discos de Tangalanga. Hoy en día, es un poco más complicado realizar jodas telefónicas, dado que al menos un 40% de las personas ya saben de quién se trata y, por ende, son inmunes a las burlas. Sin embargo, el Dr. sabe perfectamente cómo salir del paso contando historias y chistes de su intenso repertorio.

Realmente, ir a verlo fue una experiencia muy gratificante, no sólo por haber descubierto que es una buena (y sencilla) persona más allá de ser un gran humorista, sino por el espectáculo y la cantidad de risas que me hizo lanzar.

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