Maratón de París 2012: ¡autosuperación!
Ayer pasó de nuevo: completé los 42,195 km por tercera vez en mi vida. Pero esta vez fue diferente (de hecho, la segunda también lo había sido): esta vez sentí sensaciones distintas, no sólo por la carrera en sí sino también por el contexto en el que me encontraba.
El 15 de septiembre, 7 meses antes de la carrera, fue el inicio de las inscripciones, y ahí estuve yo para inscribirme en la web a escasas horas del comienzo (y bien que hice, ya que el cupo más “barato” se agotó ese mismo día). En aquel entonces, todavía no había corrido mi segunda Maratón y mi estimación fue de 3 horas, 30 minutos. Claro que muchas cosas pasaron desde entonces.
Tras unos meses, finalmente, me vine a París. Los primeros meses de este año fueron complicados en lo que respecta al entrenamiento, especialmente por la alimentación (siempre mi punto más débil), que fue desastrosa entre Enero y Febrero (¡malditos quesos!). Al punto que, el 28/2, ya sin Euge y todavía en el hotel, la querida Wii Fit me marcó lamentables 82,5 kg (récord histórico desde mis 17 años), cuando a mis dos maratones las hice con alrededor de 75 kg. Faltaba un mes y medio y parecía que no había nada que hacer, aunque la Media Maratón de París (4/3, tras una semana de dieta extrema) me dio esperanzas de recuperar un poco el desastre que había realizado (finalmente hice un aceptable tiempo de 1 hora 42 minutos, contra mi récord de 1 hora 39). No obstante, el Eco-Trail de París (mi primer trail, que será digno de otro relato) se venía el 24 de Marzo y estaba bastante complicado con el peso y la forma.
Sin embargo, acá en París estuve reencontrándome con muchas cosas que fui perdiendo con los años: la pasión por la lectura y las revistas, los videojuegos, el interés por las nuevas tecnologías, el ambiente deportivo del club de vóley (ACBB) que no veía desde que jugaba en el Manuel Dorrego de Morón (2002), etc. Y también recuperé ciertos hábitos, entre ellos saber darme cuenta cuándo empezar a “estudiar” y salvar una catástrofe con un gran resultado (como me pasaba en la escuela secundaria).
Todo el mes de Marzo fue muy intenso: 250 km recorridos, con el Eco-Trail de 31 km (650 metros de desnivel positivo) y una visita a la Coulée Verte del sur parisino (32 km con importantes fluctuaciones) incluídos. Parecía mucho y tenía miedo de estar muy sobrecargado, pero sumando a ese entrenamiento una dieta que fue mejorando progresivamente (al punto de ser extremadamente sana, sin el más mínimo exceso en los últimos días), me encontré en buena forma a 15 días de la gran prueba, que finalmente corrí con 76,5 kg y un mayor nivel de musculatura.
Las últimas dos semanas mantuve una dieta impecable y un nivel de ejercicio equilibrado… hasta que ocurrió el horror: el sábado al mediodía quise llenarme de hidratos de carbono yendo al sushi a volontée (como he hecho en mis dos maratones previas), pero lamentablemente mi estómago estaba tan “fino” que la comida me cayó desastrosamente mal. Me costaba caminar más de 100 metros toda esa tarde sin marearme ni morirme del dolor, hasta que mi amigo Juan (que estaba de paso por París) me dijo “te doy unas Buscapinas; te va a hacer mejor… Y si no, tendrás que lanzar”. Hacía 16 años que dije que no vomitaría más, por ser el sentimiento más feo del mundo. A 12 horas de la largada y con una preocupación enorme, tomé las pastillas. Un minuto después, no tuve alternativa que ir al baño. ¡Y menos mal que lo hice! El alivio fue enorme, y las esperanzas de hacer una buena carrera (menos de 4 horas) volvieron.
La tensión no finalizó: apenas me desperté en la mañana, 90 minutos antes de la largada, me sentí liviano pero con algo de dolor en el estómago; una sensación de vacío que temí no poder llenar. Claro: no comía desde las 3 de la tarde del día anterior, comida que había “desechado” en una buena parte. Me puse el poncho de Jogging International (hacía 5 grados) y fui trotando hacia el metro (800 m) con muchas, muchísimas dudas…
Al salir de la estación Franklin Roosevelt, plagado de maratonistas (y aspirantes), me encontré con la fiesta. Y ahí me tranquilicé, porque no importaba estar “a media máquina” ni encontrarme solo: estaba rodeado de miles de personas de decenas de nacionalidades tratando de perseguir objetivos similares a los míos, y juntos los íbamos a intentar lograr.
Fui al corral de las 3 horas 45 minutos y me puse lo más cerca posible del simpático pacer (que llevaba una peluca), para intentar poder seguirlo y perseguir el tiempo (demasiado optimista) que pensé poder lograr en Buenos Aires 6 meses antes. Y así fue durante pintorescos 9 km, partiendo desde la mítica avenida Champs Élysées hacia el Este, entrando en el bosque de Vincennes donde se terminaría la primera mitad de la carrera. En ese punto, decidí adelantarlo en mi plan de “recuperar calorías” parando en los 5 y 10 km para comer pasas de uva, quienes demostraron ser mi salvación: en cada puesto, sin frenar la marcha, me “robé” un puñado y una botella de agua y las fui masticando durante 200 metros para colocar el combustible que sabía que, de lo contrario, se me iba a terminar a mitad de camino.
Pasando los 10 km, con el pacer atrás, me sentí muy cómodo y con margen para mantener el ritmo durante 3 horas más. A los 15, el loco de la peluca me alcanzó como locomotora (se ve que venía retrasado) y decidí acelerar un poco para seguir teniendo algo de ventaja (que, según pensaba, perdería al ralentizar para tomar agua en cada puesto, cada 5 km). Vale decir que, como quise tomarlo como la verdadera fiesta que era, no mire el reloj en ningún momento (a excepción de los que había a los 10, 21 y 30 km, que no eran exactos porque yo arranqué 16 minutos después de la primera ola, pero me daban una idea de cómo iba).
Una vez terminado el bosque, llega el balance de la primera mitad: bien de corazón, bien de los pies, increíblemente bien de estómago (lo que me dio confianza), rodillas sin problemas, aunque muslos un tanto más pesados de lo que quería (posiblemente por el duro entrenamiento de trail que hice últimamente, incluyendo el trail urbano de 10 km a fondo del domingo anterior). Venía bien, pero todavía no quería pensar nada: como dice mi suegro, “la carrera empieza en el 30″. Eso sí, venía muy bien de “cabeza”, que es, tal vez, lo más importante.
Encontrarme con la Bastilla fue una gran motivación, por todo lo que representa. Luego, al pasar un par de km bajo los túneles bordeando al Sena me di cuenta de que venía bastante mejor de lo que pensaba: todos los carteles de kilómetros (y millas) pasaban de la misma manera; ninguno se sufría más que otro, lo que me daba una idea de que estaba siendo regular.
Cerca del km 25 vi la Torre Eiffel por primera vez (en el día): siempre tan linda, tan histórica, tan referente. ¡Tan motivante! Yo sabía que la iba a ver de nuevo luego de pasar bajo un par de puentes, ni más ni menos que en el km 30, así que iba a ser determinante. La degradación de las piernas llegando al km 28 era muy baja respecto a lo analizado en el 21, lo cual me hizo pensar por primera vez: “Gentile, ¡en serio lo estás logrando!”.
Y finalmente llegué al gran arco y acumulación de gente celebrando los 30 km de la carrera, con la Torre enorme a la izquierda, pasando el río. Ahí vi una de las paradas del 72, el colectivo que pasa por la esquina del departamento, y me sentí “local” por primera vez en la carrera. Que llegaba era seguro… en menos de 4 horas, también… Sin caminar en ningún tramo, era lo que estaba por verse. Era posible, y eso fue lo que me hizo cruzar el arco con una emoción muy grande, 300 metros de llanto que tuve que contener para no gastar energías en eso. Esa fue la Maratón para mí: pasar los 30 km por primera vez sin rogar que llegue el puesto de hidratación para caminar un poco.
Dentro de mi euforia, me decía a mí mismo (y alguien habrá escuchado, aunque no sé si entendido): “Ahora lo quiero ver al 32… ¡Qué venga! ¡Y después ese hijo de puta del 35, lo voy a pasar!”. En el momento me lo tomaba en serio, aunque sabía que sería gracioso al recordarlo más tarde.
Cierto es que la última parte de la carrera, si bien técnicamente más complicada (porque había un poco más de subidas), para mí sería anímicamente más sencilla porque, hacia los 33 km, entrábamos en Boulogne y en ese bosque inmenso en el que ya pude entrenar unas cuantas veces. Pese a llevar 30 días viviendo ahí, era emocionante ver a la gente del barrio y a ese carrefour que forma la puerta de Boulogne por la que tantas veces pasé para entrar al bosque.
Al 35 casi no lo vi: prácticamente “lo ninguneé” al ir a buscar una botella de agua. Curiosamente, mis mejores 5 km después de los 10 km de carrera fueron entre los 30 y 35, que en mis dos maratones anteriores, fue por lejos la peor parte. La sensación de superación era lo que más me llevaba a seguir corriendo a esa velocidad, aunque sin arriesgar. Y todavía no tenía ganas de caminar.
Última recta larga y complicada, en la avenida de la Reina Margarita, pleno bosque de Boulogne donde tantos “transeuntes” merodean todas las tardes en búsqueda de compañera casual (paga y, generalmente, inmigrante ilegal). Yo, todavía con fuerzas y promediando los 5m17s por km que sentenciaban unas 3 horas 45 perfectas. Es que no tenía ninguna excusa: luego de otros puñados de pasas a los 20 y 30 km, el estómago estaba perfecto y no tenía ningún dolor en los pies ni piernas más que el cansancio lógico de los muslos; todavía respiraba por la nariz, como si recién hubiera empezado.
Recién a los 40 km, cuando giramos enfilando hacia la salida del bosque, sentí mi primer dolor en una articulación del pie izquierdo, lo cual me obligó a mantener un ritmo un par de segundos más lento de lo que venía yendo. No era ningún problema, ya que de todos modos debía bajar la velocidad para “esquivar muertos” a los que la tentación de caminar los había vencido (de la misma forma que a mí en Santiago y en Buenos Aires). Pero no era mi caso, porque faltaban menos de 10 minutos para lograr un objetivo increíble un mes antes, y no lo iba a arruinar.
En la salida del bosque había otro gran arco: el que indicaba, con signos de exclamación, los 41 km. ¡Faltaba el último borne! Ya se escuchaba la fanfarria típica de la fiesta en la llegada (que, en verdad, estuvo durante todo el camino, muy bien animado), y tras una gran rotonda empedrada repleta de gente alentando se escondían los 42 km y la recta final, ese momento glorioso de 195 metros que, tal vez sean un solo minuto, pero con el Arco del Triunfo a la vista se convierte en una imagen imposible de olvidar.
Duró un poco menos de un minuto en mi caso, porque a 30 metros vi, con una camiseta de la selección, al último de los argentinos que crucé y saludé en el camino, y quería terminarla junto con él como si fuera un amigo de toda la vida. Y así fue: lancé un pique con mis últimas fuerzas y terminamos los dos juntos, aunque evidentemente él no estaba en el mejor estado y llegó complicado, aunque contento (según me dijo al cruzar la meta). Ya veremos qué tal salimos, en cuanto esté disponible el video de la llegada.
Así fue mi experiencia, de transcurso complicado pero con final feliz, en la que posiblemente sea la mejor Maratón del mundo, en la mejor ciudad del mundo. ¡Y yo estuve ahí! Recibiéndome de maratonista intercontinental, y por primera vez sintiéndome haber dominado la distancia durante toda la carrera, al haber pasado la primera mitad en 1 hora 50 minutos y la segunda en 1 hora 53. En total, 3 horas y 43 minutos de gran satisfacción por lograr el objetivo no sólo en tiempo sino en forma (que es lo más importante).
Y, sobre todo, por haber sentido una vez más esa gran sensación que sólo este tipo de desafíos sabe lograr, que es hacerme sentir y pensar aquella gran frase de Héctor Alterio en Caballos Salvajes: ¡La puta, que vale la pena estar vivo!




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